14 de enero de 2007

Beatus ille...


Durante un tibio mediodía, en la sierra onubense, mientras daba un relajante paseo entre calles encaladas y solitarias de un pueblo de gentes trabajadoras, sencillas y de fieles costumbres, descubrí un pequeño paraíso floral, encerrado en el patio de una de sus casas; como un edén en flor que destacaba entre la blanca cal de sus paredes, que reflejaban una tímida luz de invierno.

La puerta estaba entreabierta y dije en alto: -¡Oiga, por favor!. ¿Hay alguien?- Desde el fondo salió una mujer entrada en años, de aspecto un poco abandonado en favor de la comodidad.

Le comenté - Perdone, es que pasaba por aquí y he visto lo hermoso que tiene su jardín y hay una planta que me encantaría tener,¿sería tan amable de cortarme alguna pequeña rama para poder plantarla en mi casa?

La señora, sin pensarlo un momento, me dijo- Pase, pase..., por favor; ahora no tengo esto muy bonito, las heladas de estas últimas noches me han estropeado muchas plantas.-

-Pero mire qué hermosos están estos rosales,tienen rosas enormes y con olor; acérquese y huela...-
-¿Cuál es la planta que usted quería?-
-Pues ésa que tiene varias flores de color rojo –
-Ah, ésas son bulbos, ahora no se siembran; pero puedo darle algunos que tengo guardados para que cuando llegue su tiempo las siembre; ya verá cuantas flores dan...-
-También, mire, se puede llevar unas cuantas de éstas si le gustan, además “agarran” corriendo y huelen muy bien.-

Gracias -le dije- es usted muy amable, creo que ya es suficiente.
-No quisiera molestarla más.-
-¡Qué va, hija, no molestas!; pero si aquí tiene una el día entero para hacer de todo y apenas hablo con nadie - entonces empezó a comentarme asuntos cotidianos de su vida en el pueblo.
-Pues le agradezco de nuevo su amabilidad-le dije mientras me despedía - ya nos volveremos a ver; espero tener suerte y que todas me “agarren”, porque son muy bonitas y muy poco vistas.-

Salí de la casa con la sensación de llevar un pequeño tesoro, entre los pequeños bulbos y los brotes de la planta que, según la señora, eran fáciles de germinar.
Qué gusto da hallar personas tan sencillas, que te abren las puertas de su casa, aún sin conocernos de nada y nos cuentan sobre su vida, los inviernos, las flores y el pueblo...

Una se queda pensativa después cuando, entre la multitud y la indiferencia de las grandes ciudades, recuerda la forma de vida de ciertos lugares en donde la prisa, la desconfianza, la situación política o el tráfico no están entre sus preocupaciones.

De vez en cuando, conviene pasar algún tiempo en lugares así, para retomar la confianza en las maneras realmente civilizadas de vivir, donde importa cumplir con el trabajo, pero también saber valorar el tiempo de otra forma con la compañía más cercana y poder jugar una partida de cartas con los amigos, pasar la tarde de charla con una vecina mientras se hace punto o se cose y poder escuchar un profundo silencio cuando llega la noche.
Pero, sobre todo, poder distinguir la paz en sus miradas sin prisa.

2 comentarios:

Juan Cosaco dijo...

Slow people!

Isabel dijo...

Slow down...,Juan,que nunca está de más¿verdad? :-)