18 de noviembre de 2009

Café maduro

Después de casi treinta años sin vernos era fácil imaginar que ahora todas seríamos muy distintas.

Resumir cómo nos había tratado la vida durante tan largo tiempo iba a ser una tarea difícil mientras nos tomábamos un simple café.

Ya eran las seis de la tarde y estaba impaciente por encontrar de nuevo a mis amigas de adolescencia.

Temí que no me reconocieran mucho más que el hecho de no ser capaz de encontrar en ellas la juventud con la que aún las recordaba.

Mi inquieta mirada escudriñaba en todas direcciones, por si al fin era capaz de reconocer alguna silueta familiar.

De repente pude distinguir una figura que me saludaba desde lejos; después mientras se acercaba, con las manos en la cabeza, le escuchaba decir:

¡Uy, Isabel!
¡Cuánto tiempo…!

Al menos lo repitió dos o tres veces, mirándome con incredulidad, hasta que nos fundimos en un fuerte abrazo de alegría; aunque no puedo negar que también cargado de sorpresa.

De nuevo volvíamos a encontrarnos frente a frente para abrazarnos y, con una tierna sonrisa, reconocer que ya no éramos aquellas adolescentes de antaño.

El tiempo nos había convertido en maduras y respetables señoras que no podían dejar de hablar sobre su inexorable cambio de aspecto.
Para demostrarnos que todos esos años habían transcurrido realmente nos íbamos mostrando las respectivas fotos de nuestros hijos, casi tan adolescentes comos nosotras éramos capaces de recordarnos aún…

Paulatinamente el tema de conversación se fue centrando sobre nuestras circunstancias personales; entonces la sonrisa fue desapareciendo poco a poco de nuestros rostros.
Tras las primeras impresiones nos dimos cuenta que la vida no nos había tratado de la misma manera.

P. se había separado hacía algunos años tras tener que soportar una larga historia de infidelidades conyugales; ahora se dedicaba a vivir solamente por y para sus hijas.

F. hacía dos años que había enviudado tras una penosa enfermedad de su marido.
A. seguía casada, pero tenía que cuidar a sus ancianos padres, que cada día se volvían más dependientes.

I. seguía casada también; tras la muerte de su madre se había hecho cargo de su padre, que convivía desde hacía once años con su familia.
L. acababa de enviudar tras el infarto que su marido no había conseguido superar hacía casi nueve meses.

La vida, en fin, había sido demasiado injusta con algunas de nosotras, pero seguía adelante sin permitirnos demasiadas lamentaciones.
Estábamos convencidas que, a pesar de todo, había cosas que nunca llegarían a cambiar, como algunas amistades eternas…

Entre charlas, risas, cafés y algunas sombras se precipitó la noche y nos apremiaban nuestras respectivas obligaciones familiares.

Sabíamos que esta vez no se trataba de una despedida, simplemente era un “hasta luego”.

Habíamos logrado romper el maleficio de la distancia y el tiempo. Desde ese momento volvíamos a sentir la emoción de los futuros encuentros, intuyéndolos tan llenos de complicidad como habían sido los de antaño; cuando, prácticamente, nuestra única responsabilidad consistía en sacar adelante nuestros respectivos estudios y poder compartir nuestra diversión con los amigos.

Definitivamente acababa de comprobar que ya no éramos aquellas jovencitas de instituto,tan llenas de proyectos e ilusiones…
Era tan evidente que, mientras nos despedíamos en la calle, pasó un chico a gran velocidad con su bicicleta y, casi rozándome, me gritó - ¡cuidado, abuela!-
En ese instante comprendí que ya nadie me veía como yo…


Imagen: Ricardo Koyne



Intérprete: Roberto Cacciapaglia - Ancient evenings

10 comentarios:

البعوض dijo...

El paso del tiempo es flexible, más que inexorable, pienso. Es flexible porque depende, tanto del punto de vista, como de las vivencias de quienes lo miran pasar y no siempre lo ven, justamente.
Ahora bien: eso de que a uno le llamen abuelo... ja ja ja... Leo tu entrada y entiendo que lo tomas y aceptas con un particular sentido del humor, que es la prueba más clara de que, abuela o no, eres joven.

Anónimo dijo...

Si confiesas con tu boca que Jesucristo es tu Señor y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salv@.

Romanos 10.

Ligia dijo...

Es una gozada volver a encontrar a gente con la que pasaste tan buenos tiempos, y aunque en principio nos damos cuenta del cambio físico, enseguida conectamos en nuestro pensamiento. Independientemente, siempre habrá algún "niño" que nos vea como su abuela... pero eso es lo de menos. Abrazos

Con tinta violeta dijo...

Me identifico mucho con tus palabras porque yo he vivido esta misma historia. Pero...¡que bien se ve la vida desde esta distancia madura, de pensamiento joven y sin la presión de las hormonas juveniles!
Yo al menos la estoy disfrutando...con respecto a lo de "abuela", me hace mucha gracia...yo siempre contesto "yo ya voy llegando, ya veremos si tú lo consigues", ja, ja,ja.
Besos,
Paloma.

moderato_Dos_josef dijo...

Tu final en el fondo tiene un deje de sentido del humor. el que un chico te llame abuela no significa que lo seas o te consideres. el tiempo está dentro de cada uno de nosotros y nosotros somos en realidad quienes lo negociamos. Hay gente que envejece mucho más rápido y gente que no envejece nunca. Creo que tú no has envejecido para nada.
Un abrazo!

thoti dijo...

.. ¿quien no ha vivido esa transformación que empieza cuando alguien te llama de usted?.. hay abuelos y abuelas maravillosos.. ojalá que lleguemos con el interior repleto de plenitud.. :-)
.. un beso y un abrazo..

Isabel dijo...

Querido Mosquito,llevas razón; lo que resulta inexorable es el paso de "nuestro" tiempo, para ser más exactos...
En realidad se nos hace corto o largo según nuestras circunstancias.
Sí ,ten por seguro que aunque cada dia se va notando más el paulatino decaer,yo siempre suelo tomar las cosas con un toque de humor.Es la mejor manera de llevar todo mucho mejor.
Ah ,no...; no soy abuela aún,aunque podría serlo perfectamente,no lo dudo.Es siempre un hermoso regalo,creo yo.Mi abrazo y gracias.

Anónimo,afortunad@ usted,porque parece no tener duda alguna.Gracias por pasar.

Ligia,te puedo asegurar que la conexión y complicidad siguen siempre ahí entre buenos amigos;hay lazos que no rompe el tiempo,por suerte.Un beso grande y buen fin de semana para ti.

Paloma,una visión positiva en la vida siempre hace el camino mucho más llevadero y saludable. Reconforta saber que la buena compañía nunca merma las emociones;aunque vayamos haciéndonos mayores,¡qué le vamos a hacer...! :-))Besotes,amiga.

José,quizás el tiempo verdadero es el que,justamente, sentimos y cómo lo sentimos;como una historia que recuerdo ahora en la que sus protagonistas tenían sólamente los años que en realidad habian sido felices,tal como "seis años y veinticinco días", o "nueve años y medio"...
En fin, si lográsemos sumar todos nuestros dias felices y fueran muchos sí que podríamos decir,alto y claro, que habría merecido la pena vivir.Aunque siempre lo merece...
Yo sigo sintiendo mi espíritu aún joven,otra cosa es todo lo demás, jajaja.
Gracias y feliz fin de semana.

Thoti,qué cierto lo que dices;recuerdo el primer "usted",el primer "señora" y desde el otro día, sin serlo aún, el primer "abuela" jajaja.
Servirá de entrenamiento jajaja.
Gracias por tu visita,amigo.Un cálido abrazo.
:-)

Isabel dijo...

Me ha encantado esta entrada. Por la madurez que desprende, por saber ver de manera real que la vida no es el lecho de rosas que una imagina en la juventud, porque estas mujeres saben superar la misma vida y seguir adelante. Besos.

Caminante dijo...

El tiempo puede parecer un mal amigo, pero por fortuna no siempre nos trata mal, aprendemos, conocemos, vivimos y, después de todo eso es a lo que realmente aspiramos de adolescentes... por mucho que en nuestros sueños y ensoñaciones siempre nos imaginemos mucho mejores de lo que es probable que lleguemos a ser.

Y además, siempre habrá abuelas estupendas.

Besos.

Isabel dijo...

Gracias, Isabel, por saber entender que aunque la vida no sea un lecho de rosas siempre se puede seguir adelante con buen talante.Es la más sabia elección.Buen fin de semana.Besos.

Caminante,aprendemos,conocemos y vivimos,cierto es...
Pero saber adaptarse a las circunstancias es ganarle la partida a la insatisfacción.
Quizás es fundamental saber "mimarnos" la actitud para enfrentarnos aceptablemente al paso del tiempo.
Estoy de acuerdo que hay abuelas maravillosas,ojalá yo sepa serlo algun día...Gracias por tus palabras,amigo.Buen fin de semana.