
Hace unos días tuve la terrible experiencia de visionar un video que me enviaron a mi correo electrónico.
Se trataba de un menor decapitando a un adulto aún vivo, a base de cuchilladas terribles, como si se tratara de degollar a una vaca.
En la tremenda escena aparecen otros menores sujetando el cuerpo atado de la víctima, también algunos adultos, todos ellos con aspecto musulmán.
No tengo nada en contra de las múltiples culturas que existen en el mundo, pero sí en contra de las ideologías, las creencias o los poderes que convierten al ser humano en algo irreconocible como tal.
No sé la razón de un acto tan abominable e inhumano, pero desde luego a eso le llamo yo tomar la justicia por “su mano”.
Quedé impactada por la crudeza de dicha escena, pero más aún por tener que reconocer que eran escenas reales; no era un montaje ni se trataba de una película.
¿Acaso sólo fue el hombre salvaje exclusivamente en la antigüedad o, por el contrario, aún lo sigue siendo?
La civilización aún está en camino; tengo mis serias dudas que el ser humano pueda considerarse civilizado.
Mientras el hombre siga siendo un lobo para el hombre no se puede dejar de pensar que el instinto animal sigue habitando dentro de nosotros.
Cada día nos enfrentamos a casos de violencia; ninguno debería considerarse menor.
Todas las especies,incluida la humana, han ido evolucionando en un sentido u otro; pero la agresividad, la violencia sigue llevándose bajo la piel.
Nos creemos capaces de controlarla, pero en ocasiones es mucho más fuerte el instinto o el deseo que nuestra propia voluntad.
Nuestra parte animal sólo duerme, se aletarga simulando atravesar un duro invierno; pero permanece ahí, cual víbora escondida tras su camuflaje, saltando rauda sobre cualquier presa que se ponga a la distancia adecuada.
Uno de nuestros mayores errores es fomentar, tolerar o motivar la violencia, aunque sea de manera inconsciente; un fuego enciende otro fuego…
Alejarse de ella, corregirla, controlarla es tarea de todos; sin embargo hay circunstancias de vida en las que se convive tan a diario con ella que llega a convertirse en algo absolutamente normal.
Ya ni alarma, ni se condena; y muchas veces se enaltece.
Una guerra contiene muchas otras guerras, incluso internas; del mismo modo una injusticia fomenta igualmente muchas otras…
Todas ellas son puertas abiertas a la violencia, pero ¿quién ha de cerrarlas?
¿Cómo han de cerrarse? ¿Por qué es fundamental hacerlo?...
Ojo por ojo y el mundo se quedará ciego – afirmaba Gandhi.
¿Acaso no lo estamos ya?...
Dan ganas de mirar hacia otro lado, ignorar este tipo de acciones, pero cómo olvidar que es el pan nuestro de cada día…
No es extraño, por tanto, que digamos en nuestro más sensato saludo de bienvenida “la paz sea contigo” y en la última y más anhelada despedida “descanse en paz”.
Pero… ¿cómo poner fin a uno de los mayores problemas del ser humano?
¿Estamos condenados a padecerlo por los siglos de los siglos?
A lo largo de la Historia la violencia siempre ha ido de la mano del hombre y aún no hemos sido capaces de vencerla.
Es nuestra más triste y lamentable derrota diaria. Siempre se investiga sobre todo tipo de avances que nos permitan prolongar la vida del ser humano, pero nada se ha inventado aún para evitar que nos matemos unos a otros…
Para nuestra desgracia el hombre aún sigue siendo un lobo para el hombre.
Vivimos en su guarida...
Imagen:
Odilon Redon - 1886